La voz de los flamencos (Extractos)

La visión de Enrique Morente, Eva Yerbabuena y Gerardo Núñez sobre algunos términos claves del flamenco

El diccionario de Enrique Morente
Andalucía. El tópico me gusta: Andalucía gitana y mora. Suena bien. Hay varias y me gustan todas. La cuna del flamenco, sí. Pero hoy ya no es sólo de Andalucía. Es de muchos sitios, y cuantos más sean, mejor. ¿El Estatuto de Autonomía dice que el flamenco es nuestro? Eso me recuerda a mi maestro Pepe de la Matrona, que en la posguerra fue a buscar el carné de artista al sindicato vertical, a la Falange. Un jurado te examinaba de muchos géneros. “¿Quién me examina?”, preguntó Matrona. “El Canario de Madrid.” “Pues dígale que está aquí Matrona y le va a pegar una patada a la jaula y va a salir el pájaro volando.” ¿Vamos a examinar los andaluces a un flamenco de Extremadura? ¿A decidir si la rumba de El Pollito se atiene a los cánones?

Camarón de la Isla. Hizo pasar momentos muy dolorosos con su desaparición. Se fue demasiado pronto. En la garganta tenía el almíbar gitano, lo dulce y lo rancio. Era un gran músico natural, con una intuición asombrosa. Tenía muchos fuertes: el color de la voz, un sentido rítmico extraordinario, un conocimiento del flamenco espléndido. Todo lo que hacía estaba siempre bien colocado, perfectamente cuadrado, y además con inspiración y con duende. No se podía pedir más. Una maravilla. El mundo entero, cuando enfermó, intuyó que se perdía a alguien fuera de lo normal. Y ahí empezó la angustia de la gente y se empezó a mostrar más atención hacia el flamenco. Cuando murió, muchos creyeron que iba a pasar como uno más, pero no fue así: su música no ha hecho más que crecer, cada vez va a más. El equipo era imbatible. Paco de Lucía fue un inmenso productor, y el padre de Paco les animó a cantar la antología entera. Murió sin herederos y dejó una maravilla que no se puede imitar.

Granadina y media granadina. La media granadina me recuerda a la media verónica, y pensándolo a lo mejor el nombre viene de ahí. Dicen que se lo puso Chacón para diferenciarla de la granadina. Lo que sé es que para cantar la media en condiciones hay que haberse comido antes un cordero en Casa Cándido. La media es más difícil de voz; de arte es lo mismo; va en tono de Sí. Da una notación muy brillante, luce mucho la guitarra y cuando se canta con buena voz es una belleza, se hace ad libitum (a placer, libre) y a veces se utiliza para hacer alardes, sobre todo el que tiene mucha fuerza, un tono brillante y una tesitura alta. Las mujeres brillan mucho en ese cante. Brillar a veces no es que el cante esté bien hecho. Valor artístico y brillo no es lo mismo, pero es uno de los cantes grandes, de los que contribuyen a hacer grande el cante flamenco. La mentalidad hace unos años era presumir de poderío de voz, y había un cantaor de Graná con mucho arte que pasó un momento cómico: empezó a alargar el cante y no se podía parar, y le pedía por Dios al guitarrista que no parara, y cuando llegó al final la gente aplaudía porque había sobrevivido. Hay que tener cuidado en medirlo. Si tiene arte musical y expresión, es espléndido.
El diccionario de Eva Yerbabuena
Cante. Mi mayor frustración. La madre del flamenco. Lo que hace que en el escenario me olvide de que tengo cuerpo y pueda compartir con los demás lo que siento. Lo que me hace sentir. Hay tantas definiciones de voces hechas cante como intérpretes del mismo.

Escobilla. Parte de una coreografía donde se suele dar rienda suelta a los pies, y si está bien hecha y conseguida los intérpretes suelen “barrer” con aplausos. Momento que al público sorprende sobremanera y que siempre agradece con una gran batería de aplausos. Nadie mejor que un bailaor sabe cómo provocar al público. Todos tenemos muy clara la conciencia del asombro, de dónde puede llegar el “ohhhh”. Si estás bailando sola con la guitarra, y se para la guitarra, y tú empiezas con la punta y el tacón ttttttttttttttrrrrrrrrrrrrrr… Aunque sea lo más fácil del globo, sólo con que te vean poner la cara de esfuerzo… Pero un zapateado no consiste en dar porrazos ni en buscar el aplauso, es el momento de hacer tu música. Un zapateado no puede ser un encefalograma plano, tiene que tener acentos y dibujos diferentes, posturas distintas, y hay que utilizar al mismo tiempo todo el cuerpo, a mí no me vale con subirme la falda y ya está. ¿Andar zapateando despacito…? ¡Eso es lo más difícil del mundo! Andar en el escenario. Todos, más o menos, coreografiamos. Pero si tú preguntas: “¿y cómo vas a entrar, en oscuro, andando…?”. Eso nunca se ensaya y es muy importante.

Primera (vez). Fue curioso. Tenía 11 años y de pronto me dije: “Me siento escogida para el arte”. Luego pensé: “Qué barbaridad he dicho”. Pero ahora, cuando pienso por qué bailo, me digo: “El arte te ha escogido”. En mi familia nadie cantaba ni bailaba, aunque mi abuelo era un fanático del flamenco. Y un día que mi padre me llevó al Festival de los Hijares me topé de cara con el flamenco. Viendo a Manuela Carrasco. Estuvimos con ella en el camerino, y era muy tímida, como yo. Cuando la vi en el escenario, maquillada y bailando, sentí que era como un niño en carnaval, que tenía esa naturalidad para comunicar desde otra personalidad. Y me atrapó. Me atrapó ese escudo.

Siguiriya. Cante que hizo bailable Vicente Escudero, donde es imposible manifestar ni una pizca de alegría. En los cantes de la siguiriya, a veces siento que la garganta queda desprotegida y el contenido de las letras me hace revivir los sinsabores del día a día. Es uno de los bailes donde me cuesta la propia vida terminar con entereza.
El diccionario de Gerardo Núñez
Bulería. Los flamencos de Jerez la tenemos como himno. La bulería nunca se detiene, siempre sigue aunque haya terminado la composición o el cante; no tiene fin. Es la prueba de que el flamenco es un arte de la calle y está vivo. Cuando escucho en Jerez el soniquete que sale de un autobús repleto de niños que van de excursión, me emociono. En el fútbol se aplaude por bulerías, y en el teatro igual. Es un impulso vital. Pienso: esto es Jerez. “Las cozitas nuestras. Es mu difizi, zobrino. A quién ze lo cuento yo”.

Candela, El. El flamenco de los años ochenta fue creado por los guitarristas de las pensiones. Riqueni, el Viejín, Paco Moreno… Todos menos los madrileños vivíamos en pensiones. Una noche llegué a contar 25 fundas de guitarra en la barra del Candela. Muchas veces nos llevábamos la de otro, confundida. En la cueva había conciertos de guitarra a las siete de la mañana con un silencio impresionante. Íbamos a competir, pero con mucho respeto y admiración. Camarón, Paco y Morente iban a buscarnos para escucharnos. El agua caliente de la ducha en la pensión costaba 20 duros, así que nos duchábamos con agua fría. Morente fue el único que nos echó un cable. Por allí pasaron todos, algunos con más nombre, y jamás nos ayudaron.

Compás. Es lo que nos permite navegar juntos. El compás hace que el flamenco deje de ser un arte individualista para convertirse en una explosión de sensaciones vitales de un grupo que puede llegar a ser multitudinario. El compás se aprende, sólo hay que proponérselo. Si te vas de compás y no te enteras, te perderás algo grande…

Guitarra. Es el piano de los pobres. No encuentro un instrumento más cercano a la guitarra que el piano. O al revés. Da apuro compararlos, porque el piano fue concebido como la superación de otros instrumentos: nació como una herramienta para hacer más música, para llegar más lejos, más alto… Es un instrumento olímpico. La guitarra, en cambio, mírala, es tan poca cosa, está tan mal hecha con esas maderas que se comban con la tensión de las cuerdas, siempre expuesta a la desafinación… Y, sin embargo, ha ido sacando de sí misma más y más música. Es un misterio. No tiene fin. Al piano no le sorprende el universo musical que lleva dentro, y sólo espera que alguien lo saque afuera. La guitarra en cambio se sorprende con todo. Por eso es tan flamenca. Los guitarristas estamos obsesionados con sacar cada vez más música de un instrumento que al principio no parece dispuesto a dar tanto. Es como el sombrero de un prestidigitador.